La semana que viene, el 30 de enero, se cumplirán setenta y cinco años del acceso de Hitler al poder. Ese día comenzó la etapa más negra de la historia de Europa. Ya en aquel mismo año, el gobierno alemán promulgó las primeras leyes dirigidas a segregar a los judíos de la vida pública. Y cinco años después, en 1938, los nazis iniciaron su expansión militar por Europa, lo que daría lugar al inicio de la Segunda Guerra Mundial.
Al amparo de la guerra, el III Reich emprendió una política dirigida, de un modo metódico y frío, a exterminar a los judíos de toda Europa. Una política que condujo al asesinato de seis millones de judíos. Esta masacre, esta voluntad sistemática de exterminio, es lo que hoy en día conocemos como Holocausto.
La guerra mundial acabó en 1945, pero el Holocausto sigue siendo una herida abierta en el corazón de Europa. Un estigma en el corazón de la Humanidad que nos recuerda la obligación de impedir que algo parecido vuelva a suceder.
Nunca más.
Por eso estamos obligados a mantener la memoria del Holocausto.
Hoy sabemos qué ocurrió y podemos contarlo gracias al trabajo de los historiadores que han dedicado su tiempo y su esfuerzo a investigar sobre el Holocausto y también gracias al testimonio de los supervivientes de la masacre, que nos han transmitido sus vivencias, sus experiencias.
El testimonio de los supervivientes ha sido esencial para entender realmente qué ocurrió. Para tener una percepción que trascienda al mero reconocimiento de los hechos objetivos.
Pero los supervivientes del Holocausto se están apagando, y ello nos obliga a plantearnos la pregunta que se hizo a sí misma Settimia Spizzichino (Setimia Espichiquino), superviviente de Auschwitz: “¿Qué sucederá cuando ya no estemos? ¿Se perderá el recuerdo de aquella infamia?”.
Es nuestro deber –deber de todos y, por supuesto, también de los gobiernos- transmitir a las nuevas generaciones lo que sabemos sobre el Holocausto, sobre este hecho singular en la historia de la Humanidad. Tenemos que trabajar para preservar la memoria de la barbarie. Y ello exige que hagamos un esfuerzo en las escuelas, educar a nuestros niños para que Auschwitz no pueda repetirse.
Por esa razón, debemos continuar promoviendo las investigaciones históricas sobre el Holocausto. También por eso debemos incorporar su enseñanza al currículo educativo, a la formación de nuestros jóvenes. En este sentido, España ya ha recorrido un gran trecho. El año pasado prometí en este mismo acto que el Holocausto tendría una referencia expresa en la asignatura “Historia del Mundo Contemporáneo”, de Bachillerato. Esto ya es una realidad. Por otra parte, en la Educación Secundaria Obligatoria, las asignaturas de Educación para la Ciudadanía y de Ciencias Sociales, Geografía e Historia incluyen reflexiones críticas sobre el antisemitismo y sobre los genocidios.
Pero quizás con esto no baste. Incluir el Holocausto en los currículos educativos es necesario, pero no suficiente. Ahora que van desapareciendo los supervivientes también debemos luchar para que el Holocausto no se transforme en un mero acontecimiento histórico, similar a otros; en un mero conjunto de hechos cronológicamente ordenados, como las guerras napoleónicas o las invasiones bárbaras.
Ese, hoy en día, es nuestro gran reto.
Muchas gracias.