Nos hemos reunido hoy aquí para recordar en este acto de Estado los horrores del Holocausto, y me gustaría reflexionar en los escasos minutos con que cuento sobre la necesaria memoria de la Shoá
Como indica un historiador, la sociedad europea fue cerrándose ante los judíos a lo largo de quince siglos. Primero les dijo: “No podéis vivir entre nosotros como judíos”, y provocó conversiones y exilios; luego les conminó: “No podéis vivir entre nosotros”, y generó las expulsiones de los judíos, que buscaron refugio en las tierras del Islam; y finalmente decidió: “No podéis vivir”, provocando una de las mayores y más singulares tragedias de la historia humana, la Shoá.
¿En qué consiste la singularidad de la Shoá?
El proceso contra los judíos se inició varios años antes de que la tragedia total tuviera lugar, a través de etapas diseñadas con precisión, amparadas varias de ellas por el propio Parlamento alemán – elegido, no lo olvidemos, democráticamente - y con la condena exclusivamente verbal de otros países, que intentaban contener con acuerdos parciales al hitlerismo. Las etapas fueron muy concretas: identificación del judío como “otro”, adscripción de caracteres fuertemente negativos al grupo, discriminación legal, segregación, persecución, deshumanización, y finalmente, aniquilación.
Por el hecho de ser judíos, es decir por un componente inalienable de la identidad, por un hecho de nacimiento, no por sus ideas ni por sus actos, detuvieron por todas las esquinas de Europa a hombres y mujeres pacíficos, sin armas, y de todas las edades, desde niños hasta ancianos, familias enteras. Unos fueron asesinados directamente y otros fueron transportados a lagers y campos de exterminio, donde se procedió a su sacrificio como si de ganado se tratase. Les consideraron no humanos y les hicieron sentirse no humanos.
También consideraron estorbos sociales a varias comunidades gitanas y de otras etnias, concentraron a millares de ellos y les asesinaron.
Del mismo modo, miles de republicanos españoles sufrieron internamiento y duros trabajos en Mauthausen y otros campos, y centenares de judíos de nacionalidad española procedentes de Grecia, de aquellos que la adquirieron por el decreto de Primo de Rivera de 1924, sufrieron igualmente similar opresión en Bergen Belsen.
En el Holocausto murieron seis millones de judíos. Por esa razón, principalmente, de los casi 11 millones de judíos que poblaban Europa a comienzos del siglo XX -que había bajado a nueve millones en 1939 por los pogromos, la guerra y la emigración- hoy sólo permanecen algo más de dos millones. La memoria de los millones de personas asesinadas exige respeto. Y el respeto pide en primer lugar que compartamos el dolor por su desaparición y por las condiciones en que esa desaparición tuvo lugar.
La memoria del Holocausto ha de incluir también a todos aquellos que sufrieron prisión y muerte en los campos de concentración por sus ideas políticas, por haber luchado contra el nazismo o por considerárseles estorbos sociales, lo que es también recordar la tragedia europea, judía y no judía.
La memoria ha de sacar del olvido a los supervivientes de la tragedia que pudieron iniciar una nueva vida; su experiencia nos sirve además para constatar con esperanza la fuerza del espíritu humano. La memoria del Holocausto incluye también un especial recuerdo para los hombres justos que salvaron vidas de los perseguidos por el fanatismo nazi, a los testigos que representaron el humanitarismo frente a la deshumanización o la indiferencia, y entre ellos a varios diplomáticos españoles. Que su memoria sirva de bendición.
Pero hay algo más. Después de Auschwitz, después de haber sufrido el Mal con mayúscula, hemos de tener presente que nada impide que un Horror semejante vuelva a producirse, sino es la memoria y la enseñanza de la Shoá. Memoria y enseñanza necesarias para judíos y no judíos. Memoria recordatoria, pero también de proyección hacia el futuro. Memoria de víctimas, de héroes, de supervivientes, pero también lección de historia para hoy y para mañana.
En este sentido, hay que constatar con preocupación cómo se banaliza el Holocausto -utilizándose incluso como arma arrojadiza contra los propios judíos-, y cómo el negacionismo avanza en una parte del mundo. Cómo incluso en nuestro país un retroceso importante ha tenido lugar con la despenalización del negacionismo en nombre de la libertad de opinión.
Porque una de las lecciones de la memoria de la Shoá, de esa necesaria memoria, es que no bastan la democracia y las libertades para impedir la repetición del horror. Es necesario que, precisamente en nombre de la libertad real, de la libertad que ha de servir para que exista paz y justicia social, quienes ejercen el poder legislativo y ejecutivo y la propia sociedad civil, no permanezcan inermes ante el desarrollo del discurso del odio. Y la negación del Holocausto siempre, siempre, es la antesala del discurso del odio antisemita. Nada más. Muchas gracias.